
Un baptisterio del siglo VI dC. encontrado entre los restos descubiertos en la Basílica de los Santos Mártires Just i Pastor —una de las más antiguas de Barcelona— prueba que el templo constituía el segundo núcleo episcopal de la ciudad durante el imperio visigodo. No se conserva entero, pero es un descubrimiento muy significativo para el estudio de la ciudad cristiana y visigoda de Barcino. La presencia de visigodos en Barcelona se remonta al año 415, cuando Ataulfo y Gala Placidia se establecieron en la ciudad.
Con la decadencia del Imperio Romano en el siglo V, Barcino —la pequeña colonia fortificada que ocupaba lo que hoy es el Barrio Gótico— vio cómo su orden clásico se derrumbaba, y su estructura urbana se iba adaptando a un nuevo orden. Las grandes domus se fragmentaron en pequeñas viviendas y talleres más modestos, mientras que los espacios públicos, como el foro, se transformaban en centros religiosos. Los visigodos conservaron parte de las murallas romanas y erigieron allí los primeros edificios cristianos, como la basílica episcopal y el baptisterio, bajo la actual Catedral. La arquitectura de este período refleja la transición entre el mundo clásico y el medieval: menos monumental, pero cargada de simbolismo cristiano y funcionalidad. El uso de materiales reaprovechados (spolia) y la simplificación de las formas muestran un momento de cambio profundo, en el que la ciudad antigua se convierte en una nueva Barcelona, más pequeña pero todavía viva en sus murallas. Esta Barcelona prerrománica, discreta pero persistente, es la base sobre la que se construirían los grandes monumentos medievales.


Con el tiempo, la ciudad visigótica y después carolingia se convirtió en un pequeño núcleo fortificado dentro de las murallas romanas. En este contexto prosperó una comunidad judía que dejó una impronta profunda: el Call judío. La judería de Barcelona es de las más antiguas de Europa. Las fuentes escritas más antiguas que se refieren a la presencia de judíos en la capital catalana datan del siglo IX. La judería se hallaba separada del resto de la ciudad mediante puertas que se cerraban por la noche para garantizar la seguridad de los vecinos y vecinas.
Entre los siglos IX y XIV, Barcelona acogió una comunidad judía activa y culta, establecida en las murallas romanas, a lo que se conoce como el Call. El espacio, denso y laberíntico, se desarrolló sobre la antigua trama romana, y su arquitectura reflejaba esta herencia: calles estrechas, casas adosadas, pequeños patios interiores.
La arquitectura del Call habla de una comunidad integrada pero diferenciada, que contribuyó a la vida intelectual y económica de la ciudad hasta los disturbios de 1391, que marcaron su declive. Aún hoy, pasear por el Call es seguir la huella de uno de los primeros núcleos urbanos multiculturales de Europa.

Entre sus calles estrechas y casas adosadas, se levantaba la Sinagoga Mayor, una de las más antiguas de Europa, datada en el siglo XIII, pero con cimientos posiblemente prerrománicos. Era un espacio sencillo, sin pretensiones, un espacio de reunión más que un templo monumental.
Los vaivenes de la convivencia nunca fueron fáciles y en la memoria de la colectividad judía de Barcelona hay dos años marcados a fuego: 1391 y 1492. A finales del siglo XIV la peste negra asoló Europa y corrió el rumor de que todo se debía a los judíos, que habían envenenado los pozos. La violencia contra los judíos se propagó por toda la Península y llegó a Barcelona el pasado 5 de agosto con más de 300 miembros de la comunidad asesinados y muchas propiedades arrasadas. Un siglo después, los judíos serían definitivamente expulsados de los reinos hispánicos.
Más allá de las murallas, en un paisaje todavía rural —hoy, el Raval—, se fundó en el siglo IX el monasterio de Sant Pau del Camp, uno de los edificios más antiguos que se conservan en Barcelona. Se construyó probablemente sobre una villa visigótica o un pequeño oratorio anterior, combinando la sencillez monástica con una estructura sorprendentemente robusta. Su nombre, del Camp, recuerda que entonces quedaba fuera de la muralla, rodeado de cultivos.
El edificio presenta una planta de cruz griega, tres ábsides semicirculares y arcos de herradura que anticipan formas románicas. Los capiteles, algunos de época romana reutilizada, y la piedra sin demasiada ornamentación revelan una arquitectura funcional, simbólica y espiritual. Sant Pau del Camp refleja el nacimiento de la arquitectura monástica catalana, vinculada al orden benedictino y al renacimiento carolingio. Era un monasterio modesto, pero de belleza sobria, que anticipaba el espíritu del románico. Su piedra gruesa y su silencio son el testimonio vivo de una ciudad que empezaba a renacer espiritualmente.

La Font de Sant Just, situada en la plaza del mismo nombre, es una de las más antiguas de Barcelona y un magnífico ejemplo de arquitectura civil, con raíces medievales pero origen prerrománico. Documentada desde el siglo X, probablemente aprovecha una antigua canalización romana o visigótica. La estructura actual, con arcos góticos y tres manantiales, se reconstruyó en el siglo XIV, pero conserva el espíritu de un espacio urbano de continuidad histórica: punto de encuentro, fuente de agua y símbolo de vida cotidiana. A su alrededor se concentraban viviendas y pequeños talleres, y la proximidad con la iglesia de Sant Just i Pastor reforzaba su función comunitaria. El agua, elemento esencial en toda ciudad, se convierte aquí en hilo conductor de la memoria urbana: desde las canalizaciones romanas hasta la vida medieval, la fuente de Sant Just mantiene viva la conexión entre piedra, ciudad y tiempo.
