La Barceloneta, un barrio marinero

La Barceloneta

El siglo XVIII fue un período significativo en la historia de Barcelona, marcado por acontecimientos y transformaciones que afectaron tanto a su estructura urbana como a su vida económica y social. Uno de los más relevantes fue la construcción del barrio de la Barceloneta, que debía dar respuesta a la escasez de viviendas en la ciudad amurallada, alojando a los habitantes desplazados por la construcción de la Ciutadella y los trabajadores del puerto. Se preveía la construcción de quince calles paralelas al puerto, de 7,5 metros de ancho, cruzadas por otras tres transversales, de 9,3 metros. Las casas, de planta baja y un piso, estaban alineadas en manzanas rectangulares alargadas y estrechas, lo que permitía que todas las habitaciones tuvieran ventanas al exterior y, por tanto, ventilación cruzada entre las dos fachadas. Era una forma de luchar contra la insalubridad natural de aquellos terrenos y de hacerlos habitables. 

Hasta mediados del siglo XIX, las actividades de los habitantes de la Barceloneta se relacionaban esencialmente con el mar: la pesca, las actividades portuarias, la construcción de barcos a vela y la fabricación y venta de los utensilios marinos. Al ser un barrio que se encuentra fuera de murallas, pronto se evidenció la importancia de ser autosuficientes en productos de primera necesidad. En las plantas bajas de las casas tradicionales, se instalaron establecimientos de artículos básicos para garantizar el consumo de comestibles del vecindario. Pero con la instalación del primer gasómetro, en 1840, que había obtenido la concesión del alumbrado de la ciudad, nacía la Barceloneta industrial. A partir de los años veinte del siglo XX comenzó la progresiva desaparición de los grandes establecimientos industriales y el sector servicios (hostelería, ocio...) se convirtió en su principal actividad económica. La construcción de la Barceloneta se ha considerado uno de los mejores ejemplos del urbanismo barroco peninsular. 

“ Cada calle de la Barceloneta lleva al mar, 
como si el barrio se aferrara con fuerza al agua que le ha dado vida
Francesc Miralles

Edificio de planta baja y piso, con fachada a tres calles | Jordi Play

La casa de la calle Sant Carles 6 fue construida entre 1760 y 1761, y se considera el último testimonio de una de las casas originales de la primera etapa del barrio, a mediados del siglo XVIII. La tipología de las viviendas eran casas de planta y piso, y su aspecto era similar a ésta: una puerta central y dos ventanas una a cada lado de la planta baja, y dos ventanas y un balcón central en el piso superior. Esta estructura originaria se modificó una vez autorizada la construcción de un segundo y un tercer piso en los edificios.

Poco se conoce de Joan Coll, primer propietario, y de su hijo Sebastià. Sin embargo, el oficio de espartero de ambos nos sitúa dentro de las actividades ligadas con el mundo del mar, talante común de los primeros habitantes del barrio. Hacia el año 1801 la casa empieza a planearse como espacio ligado con actividades comerciales. Joan Nadal y Ferrater, el inquilino de entonces, instala un comercio de vinos. En 1864 Francisco Fortuny pide poder instalar la maquinaria necesaria para hacer funcionar una fábrica de chocolate, y diez años más tarde se añaden los usos relacionados con la provisión de comestibles para barcos. El establecimiento continuará con el negocio de víveres, aunque será conocido también por las tertulias, sobre todo futbolísticas. Posteriormente se instalará el último establecimiento, ya dedicado a la restauración, el “Restaurante el Porró”, que dará el apodo de “Casa del porró” en el edificio, ya que su emblema era un porrón en la verja de las ventanas. En 2011, fue rehabilitada, recuperando plenamente su aspecto exterior original, mientras que el interior fue adaptado como equipamiento cultural para el barrio.

La Torre del Reloj

La Torre del Reloj de la Barceloneta es uno de los símbolos del barrio marítimo. En el siglo XVIII, el ingeniero Jorge Próspero de Verboom colocó uno de los primeros faros del Mediterráneo, en la zona conocida como el Muelle de Pescadores del puerto, para dirigir la entrada de los barcos. Este pequeño muelle acoge, hoy día, las barcas de pescadores de la Barceloneta y, aunque el trabajo en los últimos años ha ido a la baja, todavía queda un buen número de armadores y pescadores, que viven en el barrio. A consecuencia de la ampliación del puerto, el faro se trasladó a Montjuïc y la torre perdió su función. La torre no se derribó, y en 1904 se convirtió en un reloj de cuatro caras para poder ser observable desde cualquier punto del puerto. Por eso se conoce como la Torre del Reloj. 

Sorprendentemente, en 1791, fue utilizada por la Academia de Ciencias de Francia para establecer cuál sería la longitud de un metro. El científico francés Pierre François André Méchain cogió de referencia al meridiano de París, concretamente el tramo que va de Dunkerque a Barcelona. Para realizar las medidas en la Ciudad Condal se escogieron tres lugares elevados: el castillo de Montjuïc, la Ciutadella y la Torre del Reloj. De hecho, la ubicación de la torre coincidía con la intersección entre un paralelo y el meridiano de París. Con los años, Ildefons Cerdà aprovechó para diseñar sobre estas líneas ficticias las avenidas Paral·lel y Meridiana. La Torre del Reloj es sin duda una pieza clave del patrimonio cultural de Barcelona y un recordatorio visible de la rica historia marítima de la ciudad. 

“ Los relojes son como mapas de la vida: marcan el camino,
pero cada uno decide cómo llenar el trayecto
Antoine de Saint-Exupéry


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